No había tenido mucho tiempo para asimilar mi nuevo
estatus de director y propietario de una pequeña empresa de limpieza. Desde que
le dije que si a mi padre, hasta que firmé las escrituras habían pasado unos 40
días y, en ese tiempo, los problemas de la promotora se me amontonaban y no me habían dejado hacer otra cosa, nada, cero.
Buen intento para motivarme, papá. Pensé
- Te recuerdo que no te dejé modernizar la imagen de la empresa, ni cambiar la forma de contratar al personal… todo eso lo puedes poner en marcha en tu nueva aventura, Nicolás. Seguía intentando sacarme de allá donde tuviese mi mente puesta en ese momento.
La verdad es que odio que la gente me motive cuando no queda más salida. ¿No he dicho “si” a quedarme con la empresa? ¿No he firmado una escritura que me compromete irremediablemente? Pues ya está papá, ya me conoces, no me gusta que me hagan la pelota… Pensé levantando la voz mientras le veía venir.
- Si, si, algo de eso haré… Susurré
cabreado.
- Joder Nicolás, no se te puede decir nada, de verdad. Le cambió el tono de voz.
- Que si, que tienes razón, papá, esa es la parte que me apetece más. Respondí más amable.
- Perdona. Insistí.
- Espero que no te arrepientas de tu decisión… creo que has hecho lo correcto… Dijo medio preocupado medio culpable.
- Señor director, donde Ud. diga. Bromeó mostrando algo más de tranquilidad, quizás seguridad.
Recuerdo que fuimos a un restaurante cerca del colegio
alemán, en Concha Espina… ¡Paper Moon! …eso es. Comimos y como no tenía nada
serio que hacer, porque era enero y no había ido a Sigüenza por el frío (hacía menos no se cuantos
grados) y habíamos parado la obra un mes porque bajo aquellas heladas no se puede hormigonar, aprovechamos para hablar de un millón de cosas hasta que nos echaron de allí.
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