Uno de esos ardientes días de agosto, me vestí lo más incómodo que pude para asistir a una notaria en Guadalajara y firmar las escrituras de constitución de la sociedad inmobiliaria que uniría irremediablemente mi destino al sector del ladrillo. Era tarde, y el notario nos empujaba tanto a firmar como posteriormente, a irnos de su notaría. No tengo nada en contra de los notarios, pero no me parece un gremio interesante, ni especialmente agradecido. En fin. Firmamos todos y como buenos socios, mi madre, hermanos, los nuevos socios (un contratista y dos buenos fontaneros) y yo, nos fuimos a tomar unas cañas.
Al comenzar Septiembre me fui a casa de mi madre, una preciosa finca en medio de casi nada. Ella me enseñó cómo funcionaban más o menos los números de una promoción, lo que tenía que tener en cuenta al tratar con contratistas, aparejadores, arquitectos, clientes… un poco de todo. Esas lecciones se alargaron unos días más mientras visitábamos juntos, estudios de arquitectos, aparejador o contratista.
Un día me confirmaron que íbamos a comprar un edificio, restaurarlo y luego venderlo dividido en pisos. No fue difícil comprender cómo funcionaba el manejo de "los dineros" (así les gusta más) en el negocio de la vivienda: la mecánica del juego era no poner ni un duro, sacarlo del banco, hacer un primer reparto de beneficios por adelantado con parte de ese dinero y otro reparto a la entrega de llaves con el dinero de los clientes, que generalmente también procedía del banco. Digámoslo así, el banco invitaba a todos a varias rondas. El resto de enseñanzas quedaron a mi capacidad de síntesis e imaginación, a mi todo aquello de construir casas me pareció pan comido.
Unos días después asistí a la firma para la compra de un precioso edificio del siglo XVIII en la mejor zona de Sigüenza. De él saldrían 7 viviendas de lujo. El precio de compra del suelo era curiosamente el doble de lo que pagó 3 años antes mi madre en la adquisición del suelo para su última promoción (un edificio más bonito y mucho mayor tan sólo un portal más abajo). Parecía que esa repentina subida de precio del suelo no era asunto nuestro porque los clientes estaban como locos por pagar el doble, el banco estaba como loco por conceder hipotecas el doble de su tamaño y los promotores allí presentes, como locos por hacernos el doble de ricos.
Ya teníamos edificio, ya teníamos unos sencillos dibujos hechos por mi madre a mano sobre unos DINA4 y unos arquitectos que se habían puesto a trabajar sobre ellos tan sólo hacía unas horas. A mi me soltaron las cifras y con la inexperiencia y las prisas por ponernos a vender cometí más de un error de cálculo que costaron a la empresa un par de decenas de miles de euros (¡oops!) Pues bien, con los garabatos de mi madre y mis precios sólo necesitamos unos días y ya teníamos todo vendido. Ese fue mi primer agobio serio. ¿Ya está toda la comercialización hecha? ¿Y si me he equivocado y los precios son demasiado bajos? ¿Y los costes? ¡Pero si me habéis dicho tan sólo unas estimaciones con toda la pinta de ser a boleo! ¡¡¡¡Que no hay presupuestos de nada!!!!
Yo me clasifico como un verdadero valiente, es más, algo kamikaze si me empujan, pero es que –de verdad- no era capaz de asumir la excesiva osadía o confianza de mi nuevo entorno laboral, allá iba todo al PIM-PAM-PUM.
Ya se que todo esto parece no tener nada que ver con mi
pequeña empresa de limpieza, esa empresa heredada de mi padre, casi por error.
¿Ladrillos o fregonas? ¿De qué va este blog? Una cosa llevará a la otra, pronto volveré a
la historia real de una empresa de limpieza. Limpiezas de moquetas,
escaparates, salas frías de servidores y vaya Ud a saber. www.grupo-tools.com / www.minuevaempresadelimpieza.com
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